“Un cuento infantil sobre la amistad nos recuerda que incluso los corazones más distintos pueden aprender a cuidarse.“
Y en el corazón del Pantano Caluroso, una historia muy especial estaba por comenzar.
En la parte más profunda del Pantano Caluroso vivía un cocodrilo llamado Don Dentellón.
Era viejo, tenía las escamas duras como piedras y un estómago que rugía con tanta fuerza que los peces cambiaban de rumbo cuando lo oían.
—¡GRRR-RUMM-BA! —tronó su barriga aquella mañana.
Don Dentellón suspiró mientras revisaba su despensa vacía.
—Qué ganas de una buena cena… —murmuró—. Algo sabroso… algo crujiente…
Justo entonces, muy cerca de su tronco favorito, se oyó un chapoteo suave.
—¡Plap, plap, plap!
El cocodrilo levantó lentamente sus ojos amarillos por encima del agua.
Y allí lo vio.
Entre unos juncos torcidos estaba atrapado un patito pequeño… muy amarillo… y muy, muy perdido.
Don Dentellón entrecerró los ojos.

—Vaya, vaya… —susurró relamiéndose—. Parece que el pantano me ha traído una visita interesante.
El cocodrilo abrió despacio su enorme boca llena de dientes afilados…
Pero justo antes de cerrarla…
—¡Hachís!
El patito estornudó tan fuerte que casi se cayó de espaldas.
El pequeñuelo temblaba de frío.
—Perdone, señor Cocodrilo —dijo con voz finita—. ¿Tendrá usted una manta? Tengo las plumas empapadas… y el pico congelado…
Don Dentellón se quedó inmóvil. Parpadeó una vez. Luego otra. Miró al patito de arriba abajo. Estaba tan mojado que parecía un limón recién exprimido.
El cocodrilo frunció el ceño.
—Mmm… —gruñó—. Así todo empapado no luce nada apetitoso… ejem… digo… nada cómodo. Primero habrá que secarte.
Sin decir nada más, lo levantó con cuidado y lo llevó hasta su tronco seco. Buscó unas hojas grandes de palma… y empezó a frotarlo suavemente.
—¡Je, je, je! ¡Qué cosquillas! —rió el patito—. Eres un cocodrilo muy amable.
Don Dentellón resopló.
Lee tambien el Cuento sobre empatía: El día en que Clara recuperó su sonrisa

—No te confundas —dijo, intentando sonar serio—. Solo estoy arreglando… la situación.
Pero siguió secándolo con sorprendente cuidado. Cuando terminó, el patito había quedado esponjoso como una pequeña nube amarilla.
Justo en ese momento…
—¡GRRR-RUMM-BA!
La barriga de Don Dentellón volvió a rugir. El patito abrió mucho los ojos.
—¡Guau! —exclamó—. Tu estómago suena como una banda de tambores. ¿Tienes mucha hambre?
El cocodrilo dudó un instante.
—Bueno… —murmuró.
El patito inclinó la cabeza.
—Yo también tengo hambre… ¿Tienes algo de comer?
Don Dentellón pensó unos segundos. “Un patito tan flacucho no llena ni una muela”, se dijo.
Con un gruñido resignado, se internó en el pantano y regresó con semillas sabrosas y unos insectos crujientes.
—Toma —dijo, dejándolos frente al patito.
Los ojitos del pequeño brillaron.
—¡Gracias, Don Dentellón! ¡Eres el mejor cocinero del pantano!
Y antes de que el cocodrilo pudiera reaccionar…
¡Piquito en la nariz!
Don Dentellón se quedó rígido.
—¡Basta de… de… de esas cosas! —refunfuñó, aunque sin apartarse.
El sol comenzó a bajar y el pantano se llenó de sombras largas y silenciosas.
Entonces… Un siseo frío cortó el aire.
—Ssssss…
Entre las ramas apareció una serpiente grande y brillante. Sus ojos estaban fijos en el patito.

—Qué bocadito tan interesante veo por aquí… —susurró.
El patito se encogió de miedo. Y en ese instante… Algo extraño ocurrió dentro del pecho de Don Dentellón.
No tenía hambre. Era otra cosa. Una sensación nueva. Incómoda… pero muy clara.
El cocodrilo dio un paso al frente.
Luego otro.
Sus escamas se tensaron.
Su cola golpeó el agua con fuerza.
—¡NI SE TE OCURRA! —rugió con un estruendo que hizo volar a los mosquitos.
Mostró todos sus dientes.
Sus ojos amarillos brillaron como dos linternas.
—¡Lárgate de aquí ahora mismo!
La serpiente no lo pensó dos veces. Desapareció entre las ramas a toda velocidad. El pantano volvió a quedarse en silencio.
El patito, todavía temblando, se acurrucó bajo la pata escamosa del cocodrilo.
—Me salvaste… —susurró—. Eres mi héroe.
Don Dentellón miró hacia abajo. El pequeño patito amarillo lo observaba con total confianza.
El viejo cocodrilo sintió cómo algo se acomodaba dentro de su pecho.
Su estómago rugió una vez más…
—GRRR-RUMM-BA…
Pero esta vez, Don Dentellón solo dejó escapar un suspiro largo.

Muy largo. Y, por primera vez en mucho tiempo… sonrió.
—Bueno… —dijo con voz suave—. Supongo que hoy no habrá cena elegante.
Se levantó despacio.
—Pero tengo unas raíces dulces que no están nada mal.
Esa noche, bajo la luz tranquila de la luna, un cocodrilo viejo y un patito valiente compartieron una cena sencilla en medio del Pantano Caluroso.
Y aunque la barriga de Don Dentellón no quedó del todo llena… su corazón, por primera vez en muchos años, sí lo estuvo.




